Avati (Maíz)
c.c. @ 11:36

PRIMER PREMIO
María José Macedo (Paraguay) - 1º de Bachillerato
Vivía entre nuestros antepasados un joven íntegro en su comportamiento, muy querido en su tribu. Mantenía una relación amorosa con una joven hermosa. Se amaban entrañablemente, tanto que se los veía juntos, cual dos gemelos, por todas partes. La joven mujer peinaba una hermosa cabellera rubia, que cuando pequeña fue totalmente blanca.
Por eso la llamaban Avati (la de los cabellos blancos). Los domingos siempre iban juntos a caminar por las afueras del pueblo. En una ocasión, en momentos en que desplegaba su más admirable belleza, fueron con muchos hombres a un concurso que consistía en la utilización de arcos y flechas, donde ganaría el más diestro.
Entre nuestros antepasados era usual este tipo de eventos para estimular el adiestramiento de los hombres en el mejor manejo de las armas. Cuando estaban en la mejor algarabía las mujeres entre sí, una flecha perdida, no se sabe de dónde ni cómo, se incrustó en el pecho de Avati. Cayó allí de espaldas con el natural asombro de las demás mujeres. Vino el novio asustado y extrajo, después de mucho esfuerzo, la flecha asesina del cuerpo de su amada. Quiso practicarle algunos primeros auxilios, pero todo era en vano. Minutos después, moría en sus brazos la mujer de sus amores.
Mucho se lamentó la muerte tan violenta y accidental de esta hermosa y tierna mujer querida por todos. Se sucedieron los rituales antes de la inhumación de sus restos. El joven, su novio, no quiso ya abandonar la sepultura. Lloraba sobre la tumba todos los días hasta el anochecer y cada mañana, al clarear el alba, volvía para hacerle compañía en su última morada. Tan desconsolado se encontraba que lloraba sobre la tumba todo el día, a tal punto que, con las lágrimas derramadas humedecía el contorno de la sepultura.
Después de un tiempo brotó en esa tierra humedecida del camposanto una planta de un solo tallo y varias hojas alargadas, que empezó a crecer con inusitada rapidez. Cuentan que las hojas alargadas y superpuestas alrededor del único tallo, eran idénticas a las faldas encimadas que usaba Avati, y por ello, el joven admiraba y hasta adoraba esas hojas.
Tan rápido creció la planta que al cabo de unos días echó frutos. El hombre la dejó crecer y cuando descubrió que en el extremo superior de la fruta asomaban algunas puntas de hilos dorados, parecidos al cabello de Avati, arrancó una de las frutas y encontró algo tan hermoso bajo la chala, un fruto tierno e inigualable, cubierto con hermosos cabellos rubios dorados, iguales a los que tenía Avati. Cuando ella expiró, lucía una sonrisa tierna que mostraba una dentadura como de nácar, igual a la granada espiga.
Empezó a cuidar mejor la planta. Dejó madurar el fruto y con las semillas obtenidas sembró más y más, cosechando al cabo de un tiempo gran cantidad de granos. La gente lo empezó a utilizar para diversos tipos de comidas.
Tan parecidos eran la planta como el fruto a Avati, que el joven le dio tal nombre, en recuerdo de su amada; por eso quedó en Avati esta espiga preciada que se multiplicó por doquier y se utiliza con preferencia en el arte de la cocina, maduro o choclo, para los más sabrosos platos.
Esta es una leyenda del Paraguay ( mi país de origen) acerca de los orígenes del Avati, nombre que se da en Guaraní al maíz. La leyenda del Avati se puede encontrar en diferentes libros, pero la primera vez que la escuché fue por boca de mi abuela materna

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Un Comentario »
veronica — 01-03-2010 - 21:49:38 GMT 1
sera que lo pueden traducir en guarani seria genial poder leerlo en nuestro hermoso idioma guarani gracias
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